Historia

La Semana Santa en Moratalla es sinónimo de tambor puesto que -sin ánimo de excluir sus majestuosas Procesiones, que año tras año se van superando- el toque de este humilde instrumento de percusión alcanza aquí la categoría de arte popular transmitido de padres a hijos en el marco incomparable de unas canes cargadas de historia y transformadas en escenario de un espectáculo tan sorprendente que hay que vivirlo para creerlo. Es cierto que Moratalla comparte el toque del tambor con otros pueblos de la geografía provincial y nacional, cuyos lazos se han reforzado en las Jornadas Nacionales de Exaltación del Tambor y el Bombo, de las que nuestro pueblo ha sido sede en varias ocasiones. Poro, sin ánimo de polemizar, los moratalleros podemos sentirnos orgullosos de que aquí se haya conservado en estado más puro esta forma tan peculiar y original de celebración de la Semana Santa.

El propio tambor sigue siendo un instrumento puramente artesanal, que sólo saben construir unos pocos maestros artesanos. Cada tambor tiene un sonido característico y es el resultado do un esfuerzo do varios meses hasta conseguir una asonancia perfecta entre las pieles de oveja y de cabra, nunca de plástico. Si bien los tornillos han sustituido el tradicional cordel para el tensado de las pieles, últimamente se está recuperando éste. Moratalla es, además, el único pueblo donde el tamborista (no tamborilero) toca con la cara tapada con capirote; redobla de forma personal e individual: y viste túnicas que adoptan los más variados colores y combinaciones, siendo ese río multicolor uno de los aspectos que más imputan en el visitante.

Los días del toque de tambor son Jueves. Viernes Santo y Domingo de Resurrección, desde las primeras horas de la mañana hasta el atardecer. según recomienda el Bando Municipal, pero, en honor a la verdad, el toque se prolonga hasta altas horas de la madrugada. La mayor afluencia de tamboristas se da alrededor del mediodía y a últimas horas de la tarde, concentrándose en la zona de la conocida Farola y sus calles aledañas. y dispersándose a medida que avanza la noche.

Recomendamos a nuestros visitantes que no se espanten inicialmente ante el atronador redoble de nuestros cientos de tambores y se adentren en esta vorágine ensordecedora para disfrutar de esta experiencia ancestral que a pesar de poner a prueba nuestros oídos rebasando todos los umbrales del sonido, se acaba conviniendo en un ritmo frenético pero melodioso que nos atrae sin que sepamos exactamente por qué.

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